Capítulo Dodici... o la acampada en la moqueta. Edimburgo
Edimburgo me pareció una ciudad cómoda y tranquila, en nuestros paseos tan sólo algún borracho con una tonalidad roja en su cara que recordaba a un típico guiri en Benidorm nos alejaba de la sención de frío intenso que caracterizó aquellas noches.Como buena anfitriona Beatriz fue desvelando las curiosidades más típicas de aquellas tierras (ya estoy estudiando las curiosidades turinesas para no defraudarla cuando me devuelva la visita) y fue llevándonos por esa “ruta mágica” que tenía reservada para las visitas, llenas de anécdotas en su versión más amena.
Resulta que aquella zona guardaba más enigmas de los que yo jamás había pensado que podía tener (mi única gran curiosidad inicial era si realmente allí los hombres llevaban falda... ¿qué creéis?... al final del capítulo os desvelo mis investigaciones).
Una de las primeras cosas que me llamó la atención era el gran número de bancos con una inscripción, sí... de los de sentarse, que estaban distribuídos a lo largo de la ciudad. Parece ser que una tradición escocesa arraígada consiste en que cuando alguién muere, su familia le dedica un banco. No sé, a mí de daba un poco de respeto pero la tradición es la tradición.
Parece ser que muchos escritores encontraron allí su inspiración y pudimos tomarnos unos dulces típicos en el bar dónde según cuentan los rumores la autora de Harry Potter encontró la suya para convertirse, gracias a ella, en una de las personas más ricas del mundo (yo tuve bastante con encontrar la mía para ir al baño... en fin).
Dentro de la ciudad sus edificios, horizontales en su mayoría dejaban paso a otros más llamativos como su catedral, algunos castillos, el palacio de la reina... Ocasionalmente un verde monte situado como por encanto dibujaba un paisaje de contraste.

Desde la cima de unos de ellos pudimos disfrutar de unas vistas que incluían un mar azul que más adelante pudimos ver más de cerca en las playas del cercano pueblo de Portobello.
Nuestro recorrido no paró en ese pueblo. También decidimos visitar la localidad que acoge Rosslyn Chapel, la iglesia que el libro de El Código Da Vinci se encargó de hacer famosa... tan famosa que ha hecho que tengan dinero para restaurarla y por ello no pudimos ver nada pero el viaje hasta allí, sentado en la parte de arriba de esos autobuses biplanta disfrazados en aquel lugar de azul, mereció la pena.
También descubrí la estatua a un perro, no un perro cualquiera, tampoco era Lassie sino alguién mucho más famoso para los escoceses... el perro Bobby... famoso por permanecer en la tumba de su dueño catorce años hasta que murió. Es ahora su tumba la que está siempre acompañada y se ha convertido en todo un icono de fidelidad para ese pueblo seguidor de música de gaitas y bebedor de buen whisky.
Pude visitar algunos de sus museos como La Galería Nacional de Escocia (donde Bea me mostró por qué no se deben mover los cuadros) o el Museo de Ciencia que resultó ser muy interactivo y nos echamos unas risas y donde se encuentra lo que me aseguraron era la auténtica oveja Dolly disecada, que creo yo será detrás del perro Bobby unos de sus animales más famosos.
Cada noche a la vuelta al hogar esa cálida moqueta que noche a noche me hizo crecer unos centímetros estirando mi espalda me esperaba. Recuerdo también esa cena en un antiguo banco convertido ahora en restaurante que nos mostró el ambiente de los jóvenes escoceses dónde pintas de cerveza y hamburguesas combinadas con salsas prefabricadas se unían.
En cuanto al tema de la falda escocesa he de decir que... SI. Hay decenas de tiendas que ofrecen esos cuadros típicos escoceses en forma de falda para satisfacer el gusto de los hombres de aquella tierra. Hay incluso estampados distintos en función del apellido que tengas y son mostrados con orgullo para salir de fiesta y el las ocasiones especiales.
He de decir que me gustó el país pero como todo mi visita tocó a su fin. Me despedí de mi guía, de mi casera, de mi amiga... Adiós "Pitu"... gracias por todo. En Italia me esperaban unos carnavales diferentes.

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