Capítulo Nove... o cómo amorticé el gasto de renovación del pasaporte. Suiza
Aquel último fin de semana de noviembre en el que iba a recibir mi primera visita dio lugar a una dura semana. Mi amigo Israel desde las remotas tierras castellanas bañadas por el Pisuerga ha sido el primero en animarse a conocer mi ciudad de acogida. Como buen anfitrión me ocupé de que todo estuviera listo a su llegada de forma que cuando su avión tocó suelo yo ya estaba en el aeropuerto descorchando unas botellas de vino lambrusco para celebrar juntos el inicio de sus merecidas vacaciones. En su estancia en Turín tuvo ocasión de ver los monumentos más famosos, incluidas algunas salas de fiesta de recuerdo imborrable para él. El monumento más característico es la llamada “mole” que por su gran altura puede ser visto desde casi cualquier punto de la ciudad y aloja en su interior el museo del cine; dispone de un ascensor panorámico de cristales que finaliza a una altura considerable y del que he prometido no volver a disfrutar (el minuto y medio escaso que tarda en llegar se me hizo eterno, no se si fue mi miedo a las alturas, la potencia con la que me agarré a la barandilla o la fuerza con la que cerré los ojos pero un sudor frío me acompañó hasta que toqué tierra de nuevo). Lo dicho, que no conviene abusar, que no subo de nuevo ni atado.
Como quiera que fuera hacia ya una semana que no viajaba a ningún lugar y para resarcirme pensé que en aquella ocasión el destino podía estar algo más alejado de lo acostumbrado. Entré en internet, abrí la página de trenitalia (la empresa de moda), busqué en las promociones para pobres de pedir y allí estaba... viaje a Suiza por diez euros. Saqué mi monedero del bolsillo, estaba vacío... pero saqué fuerzas de flaqueza... la suerte estaba echada... por fin iba a visitar el país de uno de mis personajes históricos favoritos: la vaca del chocolate Milka.
Itinerario previsto: Ginebra, Berna y Zurich. Alojamiento: albergues, infrahumanos en algunos casos. Medio de transporte: tren y más tren. Material disponible: cinco erasmus sin ningún tipo de conocimiento de ningún idioma y bastante poco espabilados y dos barras de mortadela. Objetivo: saber qué idioma hablan los autóctonos suizos, conocer si realmente existe algo más allá de la moneda del euro y tomar un Gin Tonic en Ginebra. Al final del capítulo os desvelaré esto último.Es curioso ver cómo los trenes se parecen mucho a los habitantes del país de dónde son. Si en España lo trenes son ruidosos y se mueven mucho en Suiza son silenciosos y puntuales. Curioso es también ver cómo esas “manadas” de policías se pasean por el tren pidiendo pasaportes de modo arbitrario. Pero lo mejor de todo es la cantidad de gente que conoces... revisores de Italia, policía de Italia, revisores de Suiza, policía de Suiza, el tío del carro de los bocadillos que con dos que venda ya puede jubilarse... (vamos que es un viaje espectáculo donde parece que en cualquier momento pueda aparecer por la puerta del vagón un cantante o algo así... vamos que no te aburres).
Lo primero que pude corroborar al llegar es que con mis euros no iba a ninguna parte. Elegimos al azar de entre los cientos de bancos que en Suiza tienen casa uno para hacernos con unos francos suizos (ya apodados por nosotros “chinflines”). Lo segundo que pude corroborar es que los “chinflines” se escapan de las manos como el agua y aquella es tierra de grandes lagos... en fin, justo es que si yo me traje recuerdos en forma de chocolate, Suiza se quede con recuerdos míos en forma de tarjeta de crédito tiritando.
Nuestra aventura comenzó en Ginebra una moderna ciudad situada al oeste del país, de lengua francesa y donde se encuentra una de las sedes de las Naciones Unidas. La ciudad de encuentra bañada por el gran lago Léman y en nuestra estancia tuvimos la suerte de coincidir con un espectáculo de iluminación navideña que consistía en distintas decoraciones a lo largo de la ciudad y en cada una te ofrecían alguna vianda desde café a castañas asadas pasando por orujos. Un tren turístico (gratuito aquel día) ya bien entrada la noche hacía una ruta que pasaba por los principales puntos de interés (al ver las peleas para subir a aquel diminuto tren de gente que llevaba en algunos casos abrigos más caros que mi casa recordé aquello de que los ricos también lloran). Allí note un nerviosismo especial que yo creía que era por contar con mi presencia pero luego me enteré de que se debía a la inauguración de una relojería marca Omega con la presencia de Nicole Kidman y una macro fiesta de lujo o así(tenía algo revolucionada la ciudad).
Desde allí viajamos a Berna, situada en el centro y capital de aquel país. De habla más bien alemana. Es una ciudad vieja pero bien conservada, declarada patrimonio de la humanidad, pequeña pero con un precioso casco antiguo, rodeado por el río Aare, formado por no más de diez calles que dan cabida a un buen número de fuentes, algunas torres con relojes y su catedral. Centró nuestra atención una fosa con osos, símbolo y escudo de la ciudad y que parecían tener más hambre que nosotros.
La última parada de nuestro viaje fue Zurich, una gran ciudad moderna situada al norte. Allí también era una odisea el tema del alemán (no es normal una palabra con dieciséis consonantes y tres vocales... pero en fin... ellos sabrán). Las torres de su catedral y otras que albergan relojes (uno de ellos el más grande de Europa) son sus señas de identidad. He de decir que el albergue de esta ciudad contrastaba demasiado con sus calles.
Cuando a las cuatro de la mañana cerró el último bar de la ciudad y tuve que regresar a mi alojamiento tenía la sensación de que una pesada losa se asentaba en mi espalda. Algunos de mis amigos decidieron ir a dormir con zapatos y todo, yo opté por permanecer en el comedor de aquella cuadra, sentado en una silla, con los ojos abiertos viendo como conforme avanzaba la noche algunos orientales que tenían allí también su alojamiento abandonaban su descanso. Fueron cuatro horas curiosas como la experiencia en sí.No se decir que ciudad me gustó más. Cada una tenía algo propio que la hacia diferente pero todas ellas formaban parte de un país que parece cómodo y donde se vive muy bien. Encontramos algunos españoles afincados allí que así lo confirmaron.
Por cierto logré tomarme un Gin Tonic en un modesto bar de Ginebra (una estupidez como cualquier otra... por qué no me pediría un agua... quince “chinflines”, diez euros al cambio... en Suiza lo trabajan todo caro).
vivir en TURIN
TrivialMURI
Sucedió CURIOSO
1 Comments:
Vamossss dejad de hacer el ganso x otros países y veniros pa akína... k no hay na organizao pa nochevieja y veo k está la cosa parada, faltas tu par.. pa organizarlo.
Pd. isra... tb puedes afeitarte aunk estes en otro país.. seguro k aunk sean caras tb hay makinillas, jeje
cuidaros nos vemos en unos dias (josito)
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