murillo DESDE TURIN

¡¡¡¡Bienvenidos a todos!!!! Este espacio pretende llegar a todas aquellas personas que apuestan por mi, que sienten curiosidad por saber lo que se siente viviendo "de nuevas" en otro país si nunca han tenido ocasión como yo hasta este momento de poder hacerlo, que quieran saber cómo estoy o simplemente que no tengan suficiente con la vida en directo que "Gran Hermano" ofrece para criticar a gusto. A todos, a vosotros... gracias por compartir mi experiencia

12 marzo, 2007

Capítulo Quattordici... o la semana que quise ser cantante. Savona y Sanremo

FELICIDADES PATRICIA 24 de febrero
24 de febrero FELICIDADES PATRICIA









En el domicilio Artisti se preparaba una fiesta para celebrar el cumpleaños de Patricia. Yo puse a trabajar toda mi maquinaria gastronómica para preparar esos canapés de queso de untar y pepinillo que al final fueron tan criticados (no se escuchaban comentarios tan duros desde mis ya famosos macarrones al yogurt de limón pero en fin... seguiré innovando). Debió ser una buena fiesta o por lo menos yo lo pasé muy bien y a juzgar por los resultados de protestas vecinales tuvo que serlo.
Los días pasaron entre aperitivos de esos que nosotros convertimos en cenas y algún extra como el día que fuimos a ver un teatro de esos alternativos en el que participaba una conocida nuestra alemana llamada Silvia y que resultó ser cuando menos raro. Recuerdo que una espectadora que se sentaba delante de mí fue impactada en dos ocasiones en el ojo con papeles que tiraban los actores mientras una chica italiana que teníamos detrás detectó que éramos españoles y como si fuéramos un souvenir nos invitaba de forma insistente a una fiesta donde nos aseguraban sexo y sangría (¡¡¡vaya imagen tienen de los españoles!!!) . Mientras, en el escenario, un tipo rodeado de velas hacia de demonio o qué se yo... muy raro... volvimos sobre nuestros pasos cuando finalizó y llegamos a la única conclusión de que no podíamos sacar de aquello ninguna conclusión.
Durante la semana mi amigo Rodri descubrió que en esas fechas, no muy lejos, se celebraba el festival de la canción italiana, era en Sanremo (ese es el nombre italiano) y planeamos una escapada para ver de primera mano que se cantaba por allí. Para ambientarnos más, días antes de viajar celebramos una fiesta con un karaoke casero donde comprobamos que los grandes éxitos de la canción española nunca mueren.
Como quiera que fuera el viaje estaba en marcha y decidimos que de paso podíamos ir a ver un pueblo costero llamado Savona que resultó ser un pequeño Salou (salvando las distancias) orientado claramente al turismo y que daba la impresión de activarse cuando se acercaba el verano. Pudimos recorrer sus calles y disfrutar de las vistas de un paisaje típico costero desde la fortaleza que allí se encuentra. En sus playas la gente tomaba el sol y los más osados ya se daban un baño. Nos faltó el baño y nos sobró el jersey. Parece ser que este ha sido según los periódicos el invierno más cálido del norte de Italia desde mil ochocientos pero no me acaba de entrar en la cabeza y no abandono la chaqueta.
Tras ver su catedral, dos torres, un barrio decorado con corazones y echar un vistazo también al puerto seguimos camino de Sanremo. Al llegar allí un espíritu de cantautor se apoderó de nosotros y fuimos cantando el creo yo que casi kilómetro que separaba la vía del tren de la puerta de la estación (a punto a punto estuvimos de que nos tiraran unas monedas pero no pudo ser). Al salir nos incorporamos a la calle que estaba llenísima de gente que parecía caminar hacia ningún lugar concreto. Andando llegamos a la puerta del teatro donde en esos momentos se estaba celebrando la ceremonia de clausura del festival.
En la puerta, detrás de unas vallas se agolpaban parte de los turistas que como yo estábamos ávidos de algo que ver.
Decidimos buscar más cosas y caminamos por sus calles decoradas con luces con forma de notas musicales hasta que nos topamos con su casino que estaba a reventar de gente y donde el sonido de monedas de las decenas de tragaperras eran la auténtica melodía del lugar. En esta ocasión no pude probar suerte porque las colas eran enormes y decidimos premiarnos con unos grandes helados. Más tarde vimos la catedral, una iglesia rusa que despertó nuestro interés por su aspecto externo pero que nos defraudó en su interior y ya de camino a la estación un concierto organizado en una plaza se encargó de dejarnos un buen sabor de boca.
Me alegro mucho de haber visitado aquella ciudad en la época del festival porque me dio la impresión de que lo mejor de aquel lugar era el ambiente y dudo que en ninguna otra época fuera el mismo.
Ya en Turín regresé a mi vida normal y he vuelto a clase de italiano cuatro horas a la semana. En este nuevo curso me veo avanzando y lo mismo el día menos pensando explota mi italiano. Hasta entonces uso frecuentemente la palabra italiana “bo” que aquí se traduce cómo... ¿pero qué me estás contando, que no te entiendo?

Capítulo Tredici... o la vez que descubrí los carnavales. Venezia e Ivrea

Corrían tiempos de excesos pero no corrían por Turín. Esa época a medio camino entre lo curioso y lo festivo que es el carnaval había llegado un año más pero en esta ocasión me había encontrado lejos de casa. Dicen que las fiestas las hacen las gentes, pues los turineses simplemente dejaron pasar la oportunidad. Lo único que recordaba el acontecimiento era la tienda de objetos varios que hay camino del comedor de estudiantes (y que a juzgar por las escasas ventas de disfraces que debió hacer, quizá olvide el próximo año también esa fecha).
De cualquier forma había que hacer algo especial y como limpiar mi habitación no me lo parecía en ese momento acepté de buen grado ese plan de viaje acordado a última hora de la noche para la mañana siguiente... canales de agua, mar, estrechas calles y sobre todo máscaras...era Venezia.
Cuando subí al tren me di cuenta de que no iba a ser un viaje sencillo. Calculo yo que por cada asiento había unos cuatro viajeros, disfrazados ya algunos, y allí estaba yo, tieso como una vela entre la bailadora de flamenco y la princesa árabe (me sentía internamente como “el zorro” pero por fuera no parecía más que un capullo sin asiento). El azar quiso que en algunas paradas algunos de los viajeros abandonaran su asiento (lo abandonaban con rabia no creáis... parecía que la idea de que otro pudiera ocupar su puesto logrado con gran esfuerzo les molestaba y creo yo que alguno estuvo a punto de perder su maleta en el asiento sólo por fastidiar). Logramos asientos y como buenos erasmus los compartimos... un rato tú, otro yo...
No olvidaré nunca la vista de la llegada desde la ventanilla. La vía del tren discurría un buen trecho entre mar y mar como si estuviera flotando en el agua. El sol que nos acompañó en nuestra estancia se reflejaba convirtiendo el azul en plateado y adelantándonos el calor que luego pasaríamos.
Auténticos ríos de gente llenaban las estrechas calles entre canal y canal hasta el punto de que era preciso controladores de tráfico pero no de coches, ni de góndolas sino de personas.
La verdad es que me pareció un gran lugar, de esos a los que te gustaría siempre volver. Caminando a nuestro lado decenas de personas disfrazadas con esos atuendos típicos venecianos, donde por supuesto no faltaban sus tradicionales máscaras, se sentían halagados de que quisiéramos hacernos fotos con ellos... quién era yo para robarles la ocasión de hacerse una foto conmigo.
Llegó la noche y no quisimos perdernos la oportunidad de vivir su fiesta. A pie de canal llegaba el sonido desde los escenarios montados para pinchar música. La gente muy abierta (hasta logré hablar un italiano entendible con una manada de vacas y todo), la fiesta parecía brotar espontánea en cualquier lugar, el ambiente genial. Antes de que amaneciera dejamos a un lado la fiesta y recorrimos todo el centro turístico y aquellas calles abarrotadas por el día estaban entonces solas y mudas (sólo nuestro repertorio de canciones a pulmón lleno recordaban el bullicio).
Seis partimos y seis volvimos. A algunos no nos hubiera importado permanecer allí más tiempo pero no podía ser... otro carnaval nos esperaba. Mi último recuerdo de aquella gran ciudad era una estación repleta de jóvenes durmiendo en el suelo en una estampa más propia de un hospital de campaña en zona de conflicto... seguro que tampoco ninguno de ellos se arrepintió de haber vivido aquella guerra de fiesta.
Tras un día de recuperación marcamos como objetivo conocer un pueblo no muy lejano de Turín llamado Ivrea, famoso por su batalla de naranjas. Al llegar compramos algo rojo para poner en nuestra cabeza (o llevabas algo rojo en la cabeza o podías ser blanco del mayor naranjazo de tu vida). Tras negociar en un puesto me decanté por una cinta de pelo “rollo Bruce Lee” porque pensé que el sombrero de cow-boy no sería cómodo. Aquel era el último día de aquella fiesta . Los desfiles de majoretes y bandas de música se sucedían y entre unos y otros, carruajes tirados por caballos y decorados con los emblemas de cada barrio guerrero discurrían por las calles de barrio a barrio. En cada nueva zona cientos de personas esperaban armados de naranjas la llegada de los carruajes enemigos. Lo cierto es que no se qué equipo ganó aquel año. No sé si lo decidirán por el número de hospitalizados pero yo creo que los grandes perdedores fueron los trabajadores del equipo de limpieza porque yo todavía no he podido limpiar de la suela de mis zapatos aquella pasta de desechos de naranja.
Y fue así como pasé aquellos días, volví al domicilio Artisti (mi casa) y conté naranjas para dormirme (creo que llegué a contar hasta tres porque me venció el sueño). No estaba yo acostumbrado a carnavales tan movidos.