murillo DESDE TURIN

¡¡¡¡Bienvenidos a todos!!!! Este espacio pretende llegar a todas aquellas personas que apuestan por mi, que sienten curiosidad por saber lo que se siente viviendo "de nuevas" en otro país si nunca han tenido ocasión como yo hasta este momento de poder hacerlo, que quieran saber cómo estoy o simplemente que no tengan suficiente con la vida en directo que "Gran Hermano" ofrece para criticar a gusto. A todos, a vosotros... gracias por compartir mi experiencia

22 noviembre, 2006

Capítulo Otto... o mi paso por el mundo “ultra” camino de Bergamo

Últimamente los días se han escapado ante mi ojos. Aquel jueves por la noche en el que mi compañera de piso italiana invitó a unas amigas suyas a casa para que las conociéramos resultó ser una noche larga y divertida que finalizó en una lucha entre el sueño que acumulaba y la inolvidable imagen de los bares que fuimos dejando atrás con las luces ya encendidas para limpiar (confirmado, también en Italia se acumula suciedad).
Al día siguiente o mejor dicho a la tarde siguiente (la mañana debió existir pero yo no la viví) decidimos que debíamos visitar el museo egipcio que es uno de los más famosos museos de la ciudad y debe tener un cierto renombre internacional. Como si no quiere la cosa había pasado del sonido de la música imitación de Rafaela Carra (con el que te invitan a salir de la discoteca como con las sevillanas en España) al inquietante hilo musical con melodías de misterio que ambientaban las estancias de aquella porción de Egipto. Lo cierto es que es un museo muy bien cuidado y pude ver casi más momias que las que había visto en mi viaje al propio Egipto (el día menos pensado les embargan las pirámides y las plantan en un parque europeo así al azar).
La mañana del sábado recuperé la ya casi tradición de “los sábados viajeros míticos” y la ocho de la mañana estaba ya en el tren camino en esta ocasión de Bergamo, una ciudad no muy grande pero con un centro histórico que bien vale unas fotos. En el trayecto debíamos hacer un trasbordo en Milán y es allí donde sin saberlo empecé a ver el tren desde otro prisma. Desde mi asiento de pasillo pude observar el trasiego de viajeros de un lado a otro por los largos pasillos que formaba aquel enrarecido tren, pero aquellos viajeros tenían algo especial. No me preguntéis si era por su vestimenta, por las botellas de vino que estaban compartiendo durante el trayecto, por los palos que llevaban o quizá por los megáfonos pero algo note yo distinto en ellos (aquella mañana estaba audaz). Mis sospechas se confirmaron cuando al llegar a mi destino nada más bajar había gente esperándonos en la estación, no eran familiares ni amigos sino un grupillo majo de lo que comparo en España con los antidisturbios de la policía (eran como un muñeco de policía de playmobil no les faltaba ni un complemento con su casco, su pistola y esa porra larga que no soltaban de su mano). Sin saberlo había compartido viaje con un grupo de lo que parecían ser “ultras” de la Juventus que ese día jugaba un partido con el equipo local de Bergamo (no se si el regreso sería tranquilo porque el partido quedó empate a uno y expulsaron a Bufón, el portero de la Juve, pero ese ya no era mi tren).
Ya en Bergamo me encontré con una ciudad que tenía dos centros bien diferenciados: el primero, el histórico situado en la parte más elevada de la ciudad y caracterizado por sus estrechas calles empedradas que se abrían en plazas que eran testigo de los edificios más emblemáticos de la ciudad y el segundo, el comercial formado por calles normales y bastante amplias.
Es en la parte alta donde se encuentran como es lógico las mejores vistas (la niebla que nos acompañó ese día nos invitó casi a intuirlas). Para llegar a esa parte cogimos un funicular terrestre de esos (el aparato ese cada vez me resulta más curioso) y allí pudimos ver la catedral, varias iglesias, un castillo... Cuando la luz natural dejó de acompañarnos todos esos edificios parecían otros distintos ya que la austera iluminación que creo quieren darle para ofrecer un aspecto más medieval hace que volver sobre lo ya visto parezca nuevo.

16 noviembre, 2006

Capítulo Sette... o cómo preparé mi primer examen. La Iluminación Navideña

Ese viernes había que salir, había llegado la fiesta española... una de las más esperadas por el mundo erasmus. No creáis que era una fiesta tan diferente a las demás (vamos que aquí para diferenciar las fiestas ponen la bandera del país a recordar y ya está). Allí me encontré a la misma gente de todas las fiestas, el mismo ambiente, la misma mala bebida pero había algo distinto... esta vez sobre mi cabeza ondeaba la bandera española. Estad atentos porque para la próxima semana toca la fiesta sueca (espero con ganas ver ondear su bandera). La verdad es que lo pase bien, mereció la pena.
Esta semana he estado muy poco activo. El miedo a mi primer examen y la sensación de estar perdiendo el tiempo en el mundo del estudio jugaban en mi contra. Pasé todo el domingo y el lunes intentando estudiar pero no era posible. Cuando no era el internet robado al vecino, era el interés que el supermercado de debajo de mi casa ha despertado en mí (soy un hacha comparando precios) y para colmo he descubierto la versión italiana de programas clásicos en España: “Homer Simpson” no parece el mismo, con el de “Hay una carta para ti” te partes de risa (además lo presenta una rubia con voz de camionero a la que yo llamo con cariño, Paco). Pero lo definitivo es ver la serie “Un paso adelante” si recordáis a José Luis Moreno y sus muñecos... el cuervo lo doblaría mejor.
Ya a última hora del lunes decidí que había que tomar medidas con aquel proyecto de estudio que tan poco avanzaba. El examen tenía dos partes: ejercicios escritos y teoría en oral. Aposté por aprender a hacer dos tipos de ejercicios, memoricé un par de preguntas al azar en italiano sin saber muy bien qué decía y me fui a dormir con la tranquilidad que da un trabajo bien hecho.
En la mañana del examen amaneció un día muy soleado. Todo parecía ir bien hasta que según avanzaba hacia la parada de mi tranvía se cruzó en mi camino un regalo blando y marrón que algún perro de los que disfrutaban como yo el soleado día había dejado en mitad de la acera. Retrocedí sobre mis pasos de vuelta a casa a cambiar mi calzado ya que aquel inesperado obsequio se había hecho uno con la suela de mi zapato y no era plan de compartir el olor de mi premio con mis compañeros (llamadme egoísta).
Como quiera que fuera llegué puntual a mi examen, me apiñé junto a mis compañeros de habla hispana y nos sentamos con la incertidumbre y la expectación que cabía esperar. Sólo puedo definir el examen con una palabra... ESPECTACULAR. El ambiente parecía más el de una bolera que el de un examen: la gente hablando, se dictaban las preguntas, se cambiaban el examen... era como la vida al revés. Antes de finalizar la profesora en cuestión se dirigió a nosotros (los pobres extranjeros) y vino a decir algo así como: “os agradecería que intentarais escribir algo de la teoría”, mis oídos entendieron: “si no me dais la brasa nos irá mejor a todos” y allí me puse a escribir la parrafada memorizada en italiano para no molestar a aquella sufrida maestra. Todavía no se la nota pero yo ya cuento con un notable o así. Moraleja: ¿hace siempre falta trabajo para obtener recompensa?... lo veremos.
Por otra parte os contaré algo de lo que pasa por esta ciudad que me acoge. Aquí es navidad pese a estar a primeros de noviembre. La luces navideñas nos iluminan hace ya unos días y como los italianos hacen de todo un arte, han hecho de la iluminación una especie de muestra de arte contemporáneo que se forma en sus principales calles. Cada calle distinta a la otra, una innovación sucede a otra en los veintidós pequeños museos en los que se han convertido algunas de las vías y plazas de la ciudad. Nada que ver con las que hasta ahora yo conocía, no mejores, no peores pero si diferentes y desde luego merece la pena disfrutarlas. Espero que os gusten las fotos...








En definitiva así pasó por mi vida esta semana que me deja como secuela una parrafada italiana en mi memoria de la que creo no me olvidaré en un tiempo.

06 noviembre, 2006

Capítulo Sei... o el tren que partió sin mi en la ciudad roja. Bologna


No eran todavía las cinco de la mañana cuando sonó el despertador de mi móvil. Aquel día no podía pararlo y seguir durmiendo como en el resto de ocasiones porque no mucho más tarde había quedado en la estación de Porta Nuova, uno de mis sitios ya más frecuentados, para comprar los billetes que me llevarían a nuestro próximo destino: Bologna. Como siempre llegué ajustado y no tuve tiempo a comprar esas láminas de chocolate a la naranja que tanto me gustan y con las que esperaba contar para hacer frente a las cuatro horas de trayecto a las que nos enfrentábamos.
Entre historias, comentarios y bromas, todo ello con ese misterioso ambiente que se crea en los vagones de segunda clase, divisamos la silueta de una ciudad cuyos edificios rojos a juego con sus rojos tejados rodeaban a dos torres inclinadas, por el azar y el tiempo entre si, que sobresalían en el horizonte.
Hablamos de una ciudad no muy grande caracterizada por el contraste entre sus antiguos edificios y la juventud de gran parte de su población debido a que allí se asienta una universidad con cierto renombre que cada año es frecuentada por jóvenes de toda Italia y parte del extranjero (destino elegido este año por unos ochocientos españoles erasmus que como yo tenían la sana intención de aprender rápido el italiano... pobres ingenuos somos... son las calles italianas las que tiñen su lengua de español).
Es un lugar acogedor donde vi por vez primera esa mezcla de autobús y tranvía que es el trolebús. Los, en su mayor parte, rojos edificios cuentan en su parte baja con soportales que protegen a los comercios y resguardan a los peatones.
Siguiendo uno de esos soportales por el centro histórico ya, se llega a la plaza central dónde la fuente de Neptuno franqueada a sus lados por construcciones de ladrillo nos da la bienvenida. Poco más allá mitad mármol, mitad ladrillo también, se encontraba la catedral según cuenta la historia más pequeña de lo proyectado debido a la envidia que su construcción despertaba en el Vaticano.
Dos torres una el doble de alta que la otra con una altura de unos cien metros forman parte de la identidad de Bologna. Mis amigos apostaron por subir los quinientos escalones que nos separaban del mirador que se asentaba en su parte más alta. Yo aposté por esperarles abajo (mi vértigo y lo a gusto que estaba con mi porción de pizza no influyeron en la decisión... en definitiva alguien tenía que hacer la foto desde abajo a los que subían).










Uno de los productos más demandados en Italia es la Nutella (la nocilla italiana). Desde ya busco socio para montar lo que en España sería sin dudarlo un negocio seguro: la Nocillería. En Bologna descubrí la Nutelleria, donde puedes comprar pizza, bocadillos, creppes, cereales, donuts... todo de nocilla. Las colas en las cajas de ese fast-food de la crema de cacao eran enormes pero mereció la pena.
Cuando creí que mi viaje estaba a punto de tocar su fin un giro inesperado del destino se cruzó ante mi en forma de ineficaz vendedora de billetes de tren... la historia es larga pero os diré que acabó en una despedida a pie de vía entre nueve de mis sufridores erasmus que inquietos se despedían desde la puerta automática del vagón y otros cinco más sufridores erasmus aún entre los cuáles yo me encontraba que desde fuera del tren veían cómo el dormir esa noche en casa se hacía más y más difícil.
Esa noche iba a ser una noche de fiesta en una de las ciudades que más fama tenían de fiestas de estudiantes... mi tren salía a la mañana siguiente... Lo que esa noche pasó sólo quedará en la memoria de quien lo vivió y en mi recuerdo... seguro que algún día podremos comentarlo... una noche que cambió a diferente... de esas que no se olvidan fácil.