Capítulo Otto... o mi paso por el mundo “ultra” camino de Bergamo
Últimamente los días se han escapado ante mi ojos. Aquel jueves por la noche en el que mi compañera de piso italiana invitó a unas amigas suyas a casa para que las conociéramos resultó ser una noche larga y divertida que finalizó en una lucha entre el sueño que acumulaba y la inolvidable imagen de los bares que fuimos dejando atrás con las luces ya encendidas para limpiar (confirmado, también en Italia se acumula suciedad).
Al día siguiente o mejor dicho a la tarde siguiente (la mañana debió existir pero yo no la viví) decidimos que debíamos visitar el museo egipcio que es uno de los más famosos museos de la ciudad y debe tener un cierto renombre internacional. Como si no quiere la cosa había pasado del sonido de la música imitación de Rafaela Carra (con el que te invitan a salir de la discoteca como con las sevillanas en España) al inquietante hilo musical con melodías de misterio que ambientaban las estancias de aquella porción de Egipto. Lo cierto es que es un museo muy bien cuidado y pude ver casi más momias que las que había visto en mi viaje al propio Egipto (el día menos pensado les embargan las pirámides y las plantan en un parque europeo así al azar).
La mañana del sábado recuperé la ya casi tradición de “los sábados viajeros míticos” y la ocho de la mañana estaba ya en el tren camino en esta ocasión de Bergamo, una ciudad no muy grande pero con un centro histórico que bien vale unas fotos. En el trayecto debíamos hacer un trasbordo en Milán y es allí donde sin saberlo empecé a ver el tren desde otro prisma. Desde mi asiento de pasillo pude observar el trasiego de viajeros de un lado a otro por los largos pasillos que formaba aquel enrarecido tren, pero aquellos viajeros tenían algo especial.
No me preguntéis si era por su vestimenta, por las botellas de vino que estaban compartiendo durante el trayecto, por los palos que llevaban o quizá por los megáfonos pero algo note yo distinto en ellos (aquella mañana estaba audaz). Mis sospechas se confirmaron cuando al llegar a mi destino nada más bajar había gente esperándonos en la estación, no eran familiares ni amigos sino un grupillo majo de lo que comparo en España con los antidisturbios de la policía (eran como un muñeco de policía de playmobil no les faltaba ni un complemento con su casco, su pistola y esa porra larga que no soltaban de su mano). Sin saberlo había compartido viaje con un grupo de lo que parecían ser “ultras” de la Juventus que ese día jugaba un partido con el equipo local de Bergamo (no se si el regreso sería tranquilo porque el partido quedó empate a uno y expulsaron a Bufón, el portero de la Juve, pero ese ya no era mi tren).
Ya en Bergamo me encontré con una ciudad que tenía dos centros bien diferenciados: el primero, el histórico situado en la parte más elevada de la ciudad y caracterizado por sus estrechas calles empedradas que se abrían en plazas que eran testigo de los edificios más emblemáticos de la ciudad y el segundo, el comercial formado por calles normales y bastante amplias.Es en la parte alta donde se encuentran como es lógico las mejores vistas (la niebla que nos acompañó ese día nos invitó casi a intuirlas). Para llegar a esa parte cogimos un funicular terrestre de esos (el aparato ese cada vez me resulta más curioso) y allí pudimos ver la catedral, varias iglesias, un castillo... Cuando la luz natural dejó de acompañarnos todos esos edificios parecían otros distintos ya que la austera iluminación que creo quieren darle para ofrecer un aspecto más medieval hace que volver sobre lo ya visto parezca nuevo.













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