Capitulo Cinque... o como el lujo paso por mi vida. Principado de Monaco
Aquel día iba a ser un gran día. Al levantarme decidí buscar en mi armario mis mejores galas porque al fin y al cabo no todos los días se va a un nuevo país, se entra en uno de los casinos más famosos del mundo, se está a pocos metros de un príncipe de esos rodeado de los más lujosos coches que yo jamás había visto juntos reunidos... en definitiva no todos los días va uno a Mónaco. Saqué mis pantalones vaqueros, mi camisa a cuadros (la única que permanecía impoluta desde mi llegada a Italia), me limpié bien detrás de las orejas y me dispuse a dar lo mejor de mí.En aquella ocasión éramos once intrépidos estudiantes los que tomamos aquel tren que nos llevaría a Ventimiglia para una vez allí tomar otro tren esta vez con destino al corazón de Mónaco: Montecarlo.


Cuando la megafonía del tren habló por voz de una joven francesa anunciando nuestra estación y nos asomamos por la ventanilla descubriendo un paisaje típico costero con pronunciados acantilados y un resplandeciente mar con el sol de fondo apenas nos dio tiempo a levantarnos y ya estábamos dentro de un largo túnel con cientos de luces halógenas que nos daban la bienvenida. Una moderna estación, muy distinta a las demás que yo había visto en Italia, limpia, apenas transitada, subterránea y con un gran ventanal en su planta superior que desde el primer momento en la ciudad permitía ya ver el mar, es el recuerdo que tengo de la llegada.
Una vez allí, tras conseguir unos planos de aquel pequeño principado nos dispusimos a caminar por sus impecables calles no manchadas por desperdicio alguno, perfectamente embaldosadas y que en ocasiones daban pena pisar. Los jardines, las jardineras y todos los tipos de vegetación estaban perfectamente cuidados hasta el mínimo detalle. No podía decirse que hubiera nada dejado a la improvisación.

Cuando habíamos caminado sólo un poco teníamos ya ante nosotros el casino, el famoso “Casino de Montecarlo” que contra todo pronóstico abrió sus puertas para dejarnos disfrutar de al menos una parte. Se trataba de una parte llena de máquinas de premio que creo yo tienen allí para calmar las ansias de los pobres mortales que como yo esperaban poder ver algo más pero que se contentan con poder echar una moneda en aquellas lujosas máquinas. Nos dispusimos a cambiar unos euros por aquellas doradas monedas con el grabado del edificio que eran válidas para invertir en aquel negocio seguro. Yo cambié cinco euros... al final del capítulo os diré cómo fue...

Toda nuestra estancia parecía estar desenvolviéndose en un gran parque temático (Port Aventura si habéis estado o algo así). Para salvar los desniveles había infinidad de túneles, ascensores y escaleras mecánicas públicas en cualquier parte de la ciudad que ayudaban a continuar nuestro recorrido. En todas las calles coches, de esos que parecen costar quizá más del dinero que yo seré capaz de gastar en mi vida, llamaban nuestra atención.
Quizá lo más inesperado de todo fue ver cómo de la puerta del palacio real salía una comitiva de lo que yo pienso serían personalidades o algo así cerrada por el hombre ese que sale en las revistas, si ese... al que le atribuyen hijos, homosexualidad y del que tienen la foto en todas la tiendas. A pocos metros de nosotros y tras una barrera de gente vestida con trajes oscuros y a los que daba miedo acercarse por cómo miraban estaba el Alberto ese que se hace llamar Alberto de Mónaco... si, como los colchones. En poco tiempo y como si de un cantante o actor de moda se tratara me encontré entre una multitud que aplaudía incesante a su paso... y lo que es aún peor... yo aplaudía como el que más (estaba muy disputado con una “maruja” de algún país nórdico creo, que rivalizaba conmigo mientras hinchaba sus mofletes gracias al bocadillo que engullía veloz). ¿qué hacía yo aplaudiendo a un personaje que sale en las revistas que tanto critico? Era como estar en una película donde yo era parte del decorado.
Paseamos por el puerto donde había atracados yates más grandes que muchos de los edificios que conozco y cuyo aspecto externo invitaba a imaginar un prometedor interior. En la bahía del puerto había una feria ambulante del tipo de las ferias carruseles de España de toda la vida, pero era raro... las patatas fritas con ese aceite típico de feria parecían tener allí más estilo pero el aceite era indudablemente el mismo (una fritanga importante).
El estadio de fútbol del Mónaco y la catedral, donde descansan los restos de Grace Kelly, formaron parte también de nuestra improvisada ruta que acabó sin saber muy bien a causa de qué en un regreso que se dilató dos horas más que la ida ya que el tren paraba en todas las paradas habidas y por haber (era como si al maquinista le diera un apretón cada cinco minutos y tuviera que ir al baño). Allí estaba yo... recordando mi visita a aquella tierra que destacaba más por su renombre, lujo y limpieza que por su arte. Ah... se me olvidaba... en mi bolsillo regresaron también diez euros porque yo si puedo decir la frase (versión para pobres) de ¡he ganado en el casino en Montecarlo!
vivir en TURIN
TrivialMURI
Sucedió CURIOSO
3 Comments:
los de VIGO!!!!!!
pedimos que haya mas fotos de gallegas y menos de f.....valladolid!! jajajja
pon mas fotos de grupo, menos Murillo,je je.
pido cambio en la pregunta del muritvial numero 24...mas q nada por si crea error...jajaja
por otra parte la seccion canariona requiere modificaciones, mas concretamente fotos suyas!! (nos tienes excluidas)))).
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