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Ya se habían acabado los exámenes. Era tiempo de volver a la rutina distinta cada día que Turín ofrecía. Pero antes y aprovechando que había tiempo y que Londres era una buena escala para llegar directo desde Valladolid a mi Italia de acogida, decidí conocer aquella región poblada de autobuses de dos plantas, de gente que desayunaba auténticas barbacoas y de cientos de españoles que formaban junto a mí un ejército de “guiris” que mantenía invadida la ciudad.
El viaje fue normal dentro de lo anormal que yo veo que ese aparato de varias toneladas de peso que es el avión se mantenga en el aire... pero en fin. No fue muy dificil encontrarse en el metro ni encontrar el hotel pero una vez allí y como no todo podía salir bien una recepcionista truncó mis esperanzas de deshacerme del equipaje.
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Yo le dí mi bono de hotel pero a ella no le pareció gustar mucho y prefería que le dejase mi tarjeta de crédito para hacerme un pequeño cargo de amistad. Además sospecho que lo que yo sabía de inglés se parecía bastante a lo que ella sabía de español... en fin que no cuajó nuestra amistad y llegamos al acuerdo de que sería mejor esperar a una compañera suya española que empezaba el turno media hora después. Cuando ya empazaba a hacer fotos a la recepción del hotel pensando que eso sería lo único que vería de aquella ciudad llegó una joven vestida de recepcionista que pronunció unas palabras que nunca olvidaré: “yo a tí, te concozco”. Sería el destino, el azar, la suerte, pero el caso es que aquella chica me conocía de no sé muy bien qué (amistad de discoteca juvenil supongo) y ella me quería por mi bono y no por mi tarjeta de crédito. Buscó la mejor habitación de hotel (que en Londres no es decir tanto) y por fin pude dejar las maletas... aquello empezaba a funcionar.
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Fueron cuatro los días que pasé en Londres y creo que fueron suficientes para comprender que aquella ciudad tenía mucho que ofrecer. Lo peor sin duda fue su comida con supermercados muy parecidos a las tiendas de gominolas de España. Quizá lo que más me llamó la atención fue esa combinación racial donde un hindú atendía la caja del supermercado con su turbante en la cabeza mientras en la cola para pagar intercambiaban bromas personas de raza china, negra, blanca con una normalidad que a mi modo de ver dista bastante de lo que en España nosotros entendemos por integración.
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Lo que más me gustó fue ver de cerca esas atracciones turísticas que siempre había visto por televisión, las que salían en mis libros de inglés del colegio y aquellas de las que siempre había oído hablar. El Parlamento con la torre que aloja el Big Ben, la abadía y la catedral de Westmister, esa gran noria que es el London Eye, la fortaleza que aloja las joyas de la corona: Tower of London, ese gran puente que en ocasiones puede abrirse para dejar acceder al Támesis barcos de grandes dimensiones, el British Museum y la National Gallery dos enormes museos que no tuve tiempo para ver enteros, el palacio de Buckinhan con su famoso cambio de guardia... son tantas cosas para ver...
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Caminando por sus calles llegamos a Picadilly Circus esa plaza caracterizada por contar con grandes pantallas de televisión publicitarias, Trafalgar Square con la estatua esa del general que partió en dos años atrás la flota española y sus parques sin bancos para sentarse... sólo césped: Hyde Park, Green park...

Tuvimos ocasión también de viajar en la parte de arriba de sus autobuses simplemente por el placer de hacerlo y hacia ningún lugar concreto. Es así como llegamos al barrio de Notting Hill famoso por la película o nos topamos con el famoso centro comercial Harrods que a mi modo de ver es un corte inglés a lo bestia.
El domingo conocí el barrio financiero donde esta la bolsa y los edificios más modernistas de la ciudad, era un barrio muerto que revivía los días de diario cuando llegaban los cientos de miles de empleados que tenían su puesto en aquellas elevadas costrucciones de paredes de cristal.
Para llegar de un lugar a otro el metro, con galerías suterráneas excavadas a distintos niveles de altura para cada línea, resultó ser el más rápido medio de transporte. Llegué casi a aprenderme su mapa de memoria.
Fueron cuatro días intensos y me fui con la sensación de que podría haber estado otros tantos perdido en sus bulliciosas calles sin embargo la suerte estaba echada... otro avión me esperaba para llevarme a un nuevo destino... Edimburgo
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